Celular y Mano– ¿Cómo que no me puede cambiar el celular? – exclamé.
– O sea, si puedo – dijo disculpándose – pero va a perder su número.
– Señorita… mi única razón para quedarme en Movistar es conservar mi número.
– Es que no puedo hacer nada…

Instintivamente, la chica retrocedió mientras se mordía el labio. Acababa de tragarse el rosario de una vieja furibunda que al parecer marcó en horario VIP, pues sus primeros treinta segundos de llamadas costaron 20 mil pesos. Ahora, temía que también yo le escupiera en la cara.

– No entiendo – protesté – Si trabajan con chip, ¿no basta con cambiarlo como los de Entel?
– No, porque el chip se asocia al equipo.
– ¿Pero por qué hacen esa estupidez?
NPI… (leí en su rostro)

Una buena respuesta oficial podría haber sido “para su seguridad”, aunque lo más probable era el obligarnos a comprar celulares nuevos. Divina tecnología…

– Mire, este teléfono era el que tenían en la vitrina y tiene los botones sueltos… – exageré.
– Usted asumió la responsabilidad cuando lo aceptó – alegó ella.
– ¡Pero yo pagué un teléfono nuevo, no uno usado!

Sí, definitivamente la atención post-venta de Movistar conservaba su estilo. Y a juzgar por lo alterado de la parejita que esperaba junto a nosotros más la gorda de presumibles intenciones neanderthales, con sólo repartir antorchas y tridentes podríamos haber filmado un best-seller.

Asumiendo que la chica tenía entrenamiento anti-motines, en vez de apuntarme a gritar como berraco decidí cambiar de apronte y usar mis dotes seductoras

– A ver. Escúchame… (rápido vistazo a la chapa que llevaba sobre el pecho) …Natalia (nuevo vistazo al pecho esta vez no tan rápido). Sé que los problemas del sistema no son tu culpa por lo que no tengo intenciones de enojarme contigo. Pero como te dije ya estoy aburrido del trato que me da Movistar, así que si no puedo conservar mi número no me queda otra que devolverte el teléfono y comprar uno de Entel. ¿Me entiendes, Corazón?

Ya fuera la dulzura de mis argumentos, el tono profundo de mi voz (o el hecho de que devolviendo el teléfono le quitaban la comisión), mis palabras tuvieron el efecto de una actualización de RAM en ella, pues de inmediato recordó que la semana pasada otro cliente tuvo un problema similar y lo solucionó en una sucursal… de todas formas “trataría de hacer lo posible”.

Nokia 6060Obteniendo luz verde me fui a la segura y escogí al instante un Nokia 6060 que lucía su brillante elegancia desde el mostrador. Era 24 mil pesos más caro que el Motorola, ¡pero qué demonios! Fue amor a primera vista.

La chica agarró el aparato (no sean malpensados) y llamó para intentar que trasladaran de inmediato mi número. Operadora… transferencia… espera… otra transferencia… no, no es posible… deme con alguien más… que no hay nadie… (espérenme un segundo)… otro número… espera… discusión… (se aleja un poco del mostrador)… discusión acalorada… más espera… transferencia… que el cliente me está esperando… (se aleja más del mostrador)… intercambio ininteligible de frases en tono molesto… corte de la llamada previo a un irritado “…¡ojalá la próxima vez me responda alguien con más voluntad!”.

– Lo siento – me dice apenada la chica al regresar – Tendrá que ir mañana a la sucursal para que le devuelvan su número. Mientras tanto puede usar el número que venía con el celular.

Estaba claro que lo intentó.

Al otro día partí temprano a la sucursal centro de Movistar. Tras la cola de rigor me recibe un ‘anfitrión’ que lucía un notorio parche en la cabeza… ¿tan mala estaba la atención?

– Hmm… eso debieron resolverlo en la tienda – acotó tras escucharme.
– De allá me mandaron para acá.
– Entonces hable con la chica de los prepagos.

El escote Movistar de turno me recibe con una sonrisa amplia que se borra instantáneamente al comprobar que no vengo a comprar sino a reclamar. Mira el teléfono por todas partes (como si la respuesta estuviera escrita en algún lado), refunfuña en voz baja (pero perceptible) que “para qué me mandan cachos” y luego se dirige a un teléfono interno. Marca, pero nadie responde. Marca otro número, donde tampoco responden. Suspira, me pide un momento y corre al mesón de ejecutivos.

– Okey – me anuncia aliviada – Tome un número y un ejecutivo lo va a ayudar.

Me siento. Espero. El visor de números no funciona bien por lo que una de las dependientas debe hacer de voceadora. A pesar de ello debo reconocer que el local es relativamente agradable y la atención relativamente rápida por lo que me siento relativamente satisfecho. Saludos Einstein.

Finalmente me hacen pasar. Repito el problema por tercera vez en el día. La mujer examina el teléfono, realiza un llamado y busca en la pantalla de su PC. Luego se para y entra a la oficina de su supervisor. Al llegar, su sentencia es lapidaria.

– Lo siento, podríamos haber cambiado el número pero alguien activó su teléfono.
– Fue la chica de la tienda – acusé.
– No es nuestra responsabilidad.
– Menos la mía. Quiero hablar con su supervisor – pedí invocando paciencia Zen.
– Con ella acabo de hablar.
– Discúlpeme, pero me tienen que arreglar este asunto – alegué mosqueado.

La mujer vuelve a marcar en el PC, hace otro llamado y vuelve a visitar la oficina del supervisor. Esta vez tarda bastante.

– Muy bien. Podemos hacerle el traslado de número – me anuncia – pero deberá cancelar el costo del chip.
– ¿Qué?
– Son $3.990.
– Señorita, no sé si me entiende. A mí me activaron ese teléfono. No tengo por qué pagar nada.
– Es el procedimiento.
– Me parece un frescura. No lo voy a pagar.

Se para nuevamente. Vuelve a la oficina del supervisor y tarda más que la vez anterior. A esas alturas era el último cliente que quedaba en el local… BellSouth… ¡porqué me abandonaste!…

– Bien, se lo cambiaremos sin costo – dice por fin al volver. Sonrío triunfal.

La ejecutiva tipea, envia un correo, llama y hace activaciones. Luego coge su teléfono y llama al mío… su timbre suena a victoria: he recuperado mi número. Vamos, ¿tanto les costaba?

Cuando estaba guardando mi celular, la mujer mira el chip antiguo y me lo ofrece. Como se hicieron ambas activaciones, puedo usar sus 20 mil pesos en llamadas iniciales y quedarme con un ‘número alternativo’.

– Lléveselo, por las molestias – me dice amablemente.
– ¡Gracias! – exclamo sorprendido – Me hace recuperar la confianza en su compañía.

Porque al fin y al cabo, digámoslo… Movistar no es tan mala. Puede que sea grande, burocrática y no se respondan ni entre sus propios empleados, pero lo principal es que tienen el poder para resolver los problemas de sus clientes… claro que se les debe ‘animar’ un poquito.

Estaba tan contento con mi teléfono de regreso, que quise inaugurarlo enviando mi primer mensaje multimedia a mi hermano chico… [BEEP] Servicio no disponible. ¿Eh? Probemos con un mensaje de texto normal… [BEEP] Servicio no disponible.

Llevo dos semanas y media tratando de recuperar la capacidad de enviar y recibir mensajes.

Aún no lo logro.

Supongo que algunas cosas no cambian.