Así, al día siguiente me dirigí a la tienda para cotizar algunos modelos, pudiendo comprobar que el descuento fue una acción desesperada. Ahora mucha gente que no tenía apuro por cambiar su equipo se daba codazos por llegar al mesón de ventas, haciendo lucir los estands de Entel y de Smartcom como casetas fantasma.

Eso, o el voluptuoso escote institucional de las chicas Movistar es hipnótico… ¿en qué estábamos?

Oh, sí.

Anoté los equipos que cuadraban con mis posbilidades de pago y – tal como había hecho la vez anterior – volví a casa para buscar lo que se decía de ellos en Amazon y Mobiledia, más una bitácora argentina llamada Celularis (¿cómo nadie hace algo similar por estos lados?). Puesto que no quería el teléfono para monear, acoté mis requerimientos a cuatro puntos: memoria, duración de la batería, fuerza de la señal y aspecto.

Me sorprendió lo rápido que avanza la tecnología en tres años. Mientras que al escoger mi Nokia 5120 sólo sus competidores más caros tenían pantalla a color y por ‘funcionalidad’ entendía la agenda, la calculadora y jugar ‘víbora’; hoy los celulares son centros multimedia dotados de cámaras digitales, reproductor de MP3 y acceso a Internet… para empezar. De hecho, sólo uno de los modelos disponibles tenía pantalla monocroma. Es inevitable sentirse viejo.

Tras celebrar un mini-reality, Ballero resultó ser el Motorola C650, un aparatejo pequeño y colorinche que por 39 mil pesos (menos el descuento) parecía reunir la mayor cantidad de ventajas para mi rango de precios. Como sólo quedaba uno, en la tienda tuvieron que darme el de la vitrina (detesto los dispositivos manoseados, pero parecía estar intacto). Procesaron el traslado de número – que se haría efectivo al día siguiente – y mientras tanto debía cargarlo. Me marché a casa.

Pulsar la tecla ON al otro día fue un shock generacional.

Su minúscula pantalla mostraba decenas de íconos saltones invitándome a hacer cualquier cosa que no fuera hablar por teléfono. Tenía juegos de MTV, un DJ incorporado, gráficos psicodélicos, una cámara digital con resolución “adivine-qué-es-la-foto” y un juego de luces que lo convertía en una discoteca portátil.

El artilugio claramente no había sido diseñado para quienes nos mostrábamos los calzoncillos sobre los pantalones.

Para colmo, el teclado también era extremadamente difícil de usar. Sus pequeños botones de plástico reaccionaban ante la más mínima provocación y el ‘joystick’ incorporado era tan preciso como un ebrio haciendo el ‘cuatro’. Sumado a la frágil carcasa plástica que lo transformaba en piñata en caso de caída, no sabía si tenía un juguete de los “todo a $500” o era el teléfono perdido de 2Pac Shakur. Lo odié… instantáneamente.

Pero calma. Ya había pasado por esto antes. Podía tratarse de una reacción natural al cambio (ver “¿Quién se ha llevado mi celular?”) o mi falta de costumbre a los nuevos aditamentos de estos aparatos. El teléfono no tenía por qué ser necesariamente malo y, para salir de dudas, decidí someterlo a juicio de un verdadero experto en tecnologías emergentes de consumo masivo: mi hermano adolescente.

El chico pulsó botones, activó funciones y sacó un par de fotos mientras le miraba expectante. Finalmente, alzó la vista y sentenció con tono docto:

– Tu teléfono es una mierda.

Corrimos a la tienda antes de que cerraran. Por desgracia, allá nos esperaba otra sorpresa